Son las 22:30 hs. Llego fatigado a mi hogar, extraNadísimo hogar. Bueno, hogar...es una forma de decir.
Tendré que sincerarme un tanto, estimado lector, al menos por esta vez: Lo llamo hogar, en primera instancia, pues eso es, a pesar de todo, lo que es. En segunda instancia y diciendo las cosas como son, la palabra "hogar" tiene fines literarios en esta croniquita. O más bien tenía, ya que río de mi mismo al escribir eso de "fines literarios" y pienso que, además de ser más sincero, necesitaré darle al texto un tono algo más relajado. Quizá gane de este modo, una dosis de valiosa honestidad.
Sea como fuere, pediré anticipadas disculpas a quien pudiera esperar otra cosa de un hogar.
Hablaba entonces de mi hogar. El mío, sólo ése. Creo oportuno aclarar ahora que, a mi entender, el sustantivo "hogar" acarrea connotaciones muy positivas: Família, paz, amor, compartir junto a una estufa a leNa 5 minutos de té La Virginia y sonreír con dientes blanquísimos (el té La Virginia parece ser un fabuloso enjuague bucal) ante la contemplación superada, madura de la vida - fácil y divertida vida!- por algún adulto que lo posee todo. Posse, al fin y al cabo, un hogar. Y ése, como usted ya sabe amigo lector, es el lugar donde el frío no existe, o tiene menos acceso que un latino en EspaNa; y donde la violencia es más desconocida que Mercedes Sosa en Brasilia . Lo que sí impera en cantidades abusivas, claro está, es la fraternidad. Más fraternidad que en París en 1789. Esas son sólo algunas de las imágenes que nos trae pensar en el hogar, un hogar.
Ese hogar, respiro hondo para decirselo sin sonrojarme, no es mi hogar (y tome mate!).
Son las 22:30hs. Llego bien mojadito- por la encantadora lluviecita- a mi confortable casillita, es decir a mi precaria casilla rodante donde vivo sólo como perro malo (y sarnoso, por las dudas) hace casi tres meses. Reconozco, de todos modos, que si fuera una amplia y hermosa casa, poblada de adornos chic y concurrida por personas gratas y honradas, el té La Virginia, para bien o para mal, no se consigue en Brasil y por ende en lugar del adulto descripto (el que sonreía con dientes blanco Ala) habría algún personaje ( o sea algún terrible limado) fumandose un faso y riendose a carcajadas, de lo más grotescas por cierto. Éste daría espectáculo de su dentadura británica mientras golpea desmedidamente sus muslos con la mano derecha (con la izquierda sostiene el ocasional churrito, por qué no un bruto caNo del grosor de un palo de escoba). Es cierto, los demás presentes prestaríamos mayor atención a la dentadura que a las manos. La fuente de toda esta lujuriosa felicidad, además de los humos del palo de escoba, sería, alguna que otra vez, el humor vulgar de algún depravado presente bien avanzado en tragos.
Pero aquí, en la realidad, no hay casa y no hay compaNia. Hay 4 metros cuadrados con una cama, una heladera y ropas por todos lados. Todas mías lamentablemente. A media altura, es decir a la altura del cuello, una repiza con más ropa, varios libros y algunos elementos de vajilla. Opuesto a la cama, una cocinita, canilla y mesada de acero inoxidable. En un ricón, sobre una superficie de medio metro cuadrado se halla el mini-baNo, que no uso, pues hay otro (uno un poquito más normal) en las cercanías y a distancia razonable (si bien a una vejiga en apuros no le va mucho eso de razonar). A éste baNo próximo tengo merecido acceso. Acceso VIP, me digo a veces a modo de consuelo o simplemente porque no tengo otra cosa que decir y necesito pasar el rato.
Tirando una de cal luego de las dos de arena, debo decir que un detalle agradable son las abundantes ventanas. Éstas poseen prolijas cortinas verdes, simpáticas. Aunque yo las mantengo cerradas generalmente, para evitar el sobrecalentamiento de este minúsculo ambiente. Cuando eso sucede, irremediablemente alrededor de las diez treinta de la matina en los días de sol, la simpática casilla se convierte en un perfecto hornito a chapa y me veo obligado a abandonarla hasta cerca de las dos de la tarde, por lo menos.
En fin, quien conoce casillas rodantes tal vez entienda de lo que hablo. El que no las ha visto por dentro...vaya en busca de una o créame sin más, pues le hablo con toda mi seriedad de hombre de bien (Cuatro metros cuadrados seNor y senorita! Juro).
Pero ahora son las 22:45 y la temperatura ha descendido agradablemente. BaNado (en mi free access bathroom), secado y cambiado permanezco cansado y hambriento. Abro la heladera cerrando los ojos como para no ver y sí tal vez imaginar algún alimento, ejercicio mental éste al que por cierto le dedico varias horas en el día. Ojos cerrados entonces, imagino pollo frío o lechón, una cerveza y alguna ensalada preparada. Oigo al estomago: "Justo ahora se te da por andar imaginando?, Abrí los ojos y fijate que hay que los sueNos no se comen!" Lentamente los abro, ante el contenido real del aparato eléctrico para enfriar: Un pote de mayonesa (eso sí, Hellmann's eh!), tres botellitas de salsa de ají (de diferentes marcas, pero ninguna Hellmann's porque me parece que no las fabrican) y salsa de tomate. Considero por fugaces segundos una posible combinación de todos esos elementos, juntos. Finalmente el paladar, en inusual alianza con el sentido común, parece ganarle la pulseada al desnutrido delirio y abandono la empresa. La salúd, jubilosa, festeja con grito de gol. El paladar y el sentido común suspiran aliviados, aunque la saludable victoria no contribuye a consertar tregua entre ellos y pronto vuelven a sus respectivas posturas de enemistad.
El único real damnificado, el estómago, emite chillidos de chancho herido. Impotente y decepcionado realiza un último intento por enviar suplicantes reclamos al autoritario cerebro, que permanece inmutable en las alturas de mi figura (hablamos de 1,80 metros, apróximadamente).
Mientras los órganos de mi cuerpo viven el frenesí cotidiano, yo vuelvo la atención a mi entorno inmediato. El cerebro ha dictado: "No habrán alimentos hasta maNana", y entonces no me queda a mí más remedio que entretenerme con alguna lectura, o con...alguna otra lectura. En realidad busco distraer al alma, que de otra forma se me despega del cuerpo y se me va a conseguir morfi a otro lado. Mas no lo hace. (Que si yo viviese en la Antiguedad o en la Edad Media, seguro que se piantaba la muy guacha). Hoy en día, usted ya sabe, cuerpo y alma no se separan tan fácilmente, para bien de los famélicos. Es que el alma anda siempre por ahí, buscando alimentarse, vió?
Así entonces las cosas, a pesar de que mi lectura no se prolonga más allá de los diez minutos, tiempo al cabo del cual los párpados se empeNan con testarudez de vasco convencido en cerrarse y finiquitar la jornada, cuerpo, alma y sentidos permanecen uno. Yo decido conscientemente dar por concluído el día e ir a dormir. ANtes de vencerme la extenuación, sin embargo, disfruto varios compases de un tema de Bob Marley que suena en la distancia, proveniente de los parlantes de algún otro hogar, de algún hogar vecino.
Me duermo escuchando al Gardel del reggae y pensando que mientras la música continúa para otros, aquí ya no sonará hasta maNana.
Mi hogar es así, es esto. Poco reggae, nada de té La Virginia (no hablemos de mis dientes, por favor...), poco espacio, pocas pertenencias y escaso alimento. Pero eso no es tan malo, después de todo. Y como concordando con ello, alma y mente (sí, incluso el prepotente cerebro se digna emitir un último dictamen antes del sueNo) me susurran juntos, cerca de las 12:15, a modo de buenas noches: "Nos gusta esto. Preferimos éste hogar"
P.D.: Tipo 3 de la maNana, entre sueNos, me pareció oír exclamar al estómago. Creo que dijo algo así como..." A mí también me gusta este hogar, que lo re-parió..."
.
lunes, 2 de abril de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
Reptile Encounter
My bare feet padded smoothly, almost lithely across the warm sand. They rested gently one after the other in a sinuous line along the cinnamon-coloured beach, whose springy surface seemed to reflect infinitely and in all directions the whole of the bright beams. The strong afternoon sun, sole and majestic above the firmament, kept shining brilliantly over my sandy path.
For my part, I just could not help but take enormous pleasure in this peaceful stroll, this quiet and restful promenade in such a gorgeous place.
Here and there a little crab scuttled into its nook, a tiny hole dug effortlessly at a safe distance from the indefatigable waves. Eventually a great seagull glided low past me until, having spotted its sought-after nourishment, nimbly touched ground, helped by a single flap of its slender wings.
The calm breeze went on bearing the Ocean's balm, that unique scent that only millions upon millions of litres of salty water perpetually undulating above the seabed and containing within the greatest plurality of life can possibly beget. I could smell the water, the earth, the air. It even occurred to me I could smell the fire that shrouded me in the form of fiery slanting rays. These reached their sublime object, their sublime destination after their immemorial journey and I found myself there still, simply enjoying the heavenly spectacle.
Walking on through this extensive serenity, I happened to notice a dark green object, round and shiny, like a pebble washed up by the soft spume delineated at the waves' tips. Pebbles or stones are a rare sight among those parts' pure sand and so I decided to approach and have a close look.
Perhaps I would have picked the object up and thrust it with all my might against the challenging waters that came tirelessly from the heart of their all-powerful master, that immortal Sea God whose reign covers most of the planet's surface and alternates as if on a whim between uncrushable wrath and satiated calmness.
But, to my surprise, I saw the thing move a few centimetres and then a few metres towards the foam-rimmed waves. "So, it is not a stone after all", I thought as I got closer, though more carefully now. Finally, I was near enough to note its four bandy legs, its round dark shell and its squarish little head, wagging right and left as it staggered against the tide. It was the tiniest turtle I had ever seen. And I suspect I will never get the chance to set eyes upon one smaller.
This lovely living thing was in dire straits. It was heart-wrenchingly fighting its own battle on the result of which depended its young, inexperienced life.
I just stood there watching it for a few minutes but it was apparently losing ground as wave after wave shattered its strenuous efforts and left it helpless at lengthy metres from the precious goal. From scratch, it would start doggedly towards the sea. Towards her natural environment and survival. Perhaps, towards her mother, who might be waiting immovably, although by then rather resigned, far deep in the currents of the Atlantic. Or far, at any rate, from the shore and the child that kept on trying and trying, hanging for dear life.
But again and again the little turtle was mercilessly hurled back to the very beginning of its terrifying ordeal .
I decided to help- at least I attempted to help- despite the turtle's manifest fragility. Her minute body was likely to break into countless pieces between my clumsy hands. All the same, I felt pity as I wondered what its feelings might be at that grievous moment. It seemed to me that no matter how long I may have waited there, by its side, the resolute creature would have carried on and on, until, at long last, her energies would have abated and her legs given way, forever.
I took it in my hands, palms dwarfing it comically. And I walked straight into the sea, amid whose cruel waters I gingerly released it.
Time went by and I saw it no more.
I will never know whether that little turtle finally managed to reach its kin, to reach the depths that would witness its patient longevity. But I remained there, for some time gazing at the horizon and pondering how many living things, how many human beings would be also trapped, at that very moment, in the toils of their bitter destinies.
I walked home at sunset. Leaving the beauteous shores for the hilly village, I remembered the turtle's life-or-death encounter against its relentless torture. The sunshine and the warmth were gone. And sadness overcame me, in the end.
For my part, I just could not help but take enormous pleasure in this peaceful stroll, this quiet and restful promenade in such a gorgeous place.
Here and there a little crab scuttled into its nook, a tiny hole dug effortlessly at a safe distance from the indefatigable waves. Eventually a great seagull glided low past me until, having spotted its sought-after nourishment, nimbly touched ground, helped by a single flap of its slender wings.
The calm breeze went on bearing the Ocean's balm, that unique scent that only millions upon millions of litres of salty water perpetually undulating above the seabed and containing within the greatest plurality of life can possibly beget. I could smell the water, the earth, the air. It even occurred to me I could smell the fire that shrouded me in the form of fiery slanting rays. These reached their sublime object, their sublime destination after their immemorial journey and I found myself there still, simply enjoying the heavenly spectacle.
Walking on through this extensive serenity, I happened to notice a dark green object, round and shiny, like a pebble washed up by the soft spume delineated at the waves' tips. Pebbles or stones are a rare sight among those parts' pure sand and so I decided to approach and have a close look.
Perhaps I would have picked the object up and thrust it with all my might against the challenging waters that came tirelessly from the heart of their all-powerful master, that immortal Sea God whose reign covers most of the planet's surface and alternates as if on a whim between uncrushable wrath and satiated calmness.
But, to my surprise, I saw the thing move a few centimetres and then a few metres towards the foam-rimmed waves. "So, it is not a stone after all", I thought as I got closer, though more carefully now. Finally, I was near enough to note its four bandy legs, its round dark shell and its squarish little head, wagging right and left as it staggered against the tide. It was the tiniest turtle I had ever seen. And I suspect I will never get the chance to set eyes upon one smaller.
This lovely living thing was in dire straits. It was heart-wrenchingly fighting its own battle on the result of which depended its young, inexperienced life.
I just stood there watching it for a few minutes but it was apparently losing ground as wave after wave shattered its strenuous efforts and left it helpless at lengthy metres from the precious goal. From scratch, it would start doggedly towards the sea. Towards her natural environment and survival. Perhaps, towards her mother, who might be waiting immovably, although by then rather resigned, far deep in the currents of the Atlantic. Or far, at any rate, from the shore and the child that kept on trying and trying, hanging for dear life.
But again and again the little turtle was mercilessly hurled back to the very beginning of its terrifying ordeal .
I decided to help- at least I attempted to help- despite the turtle's manifest fragility. Her minute body was likely to break into countless pieces between my clumsy hands. All the same, I felt pity as I wondered what its feelings might be at that grievous moment. It seemed to me that no matter how long I may have waited there, by its side, the resolute creature would have carried on and on, until, at long last, her energies would have abated and her legs given way, forever.
I took it in my hands, palms dwarfing it comically. And I walked straight into the sea, amid whose cruel waters I gingerly released it.
Time went by and I saw it no more.
I will never know whether that little turtle finally managed to reach its kin, to reach the depths that would witness its patient longevity. But I remained there, for some time gazing at the horizon and pondering how many living things, how many human beings would be also trapped, at that very moment, in the toils of their bitter destinies.
I walked home at sunset. Leaving the beauteous shores for the hilly village, I remembered the turtle's life-or-death encounter against its relentless torture. The sunshine and the warmth were gone. And sadness overcame me, in the end.
martes, 27 de marzo de 2012
Cellular Death
My mobile phone has perished. Don't you think it doesn´t pain me to say so. It grieves me, but somehow I must write about it, say it here and now, for I can't hold back any longer.
The black old chum is gone for good. And why include its obituary in my Brazilian Notes? Well, where else to write a few respectful lines, humble homage to a loyal companion that today- yes, today- met its unexpected end on this earth, and who had until now been most useful - isn't that important?- during my whole stay in this country. Companion for too long a time, in fact, to forget and let pass as if nothing had occurred. Lastly, though by no means is this the least of my sorrows, I should say - not without a bitter twinge of pain- that our black little buddy went off when I most needed it, once, and for all.
Oh, dear old Nokia! Why did it have to be this morning? Just then, at the exact moment when you were called upon your duty, that most honourable duty of yours? Why did you have to leave me- me!- your honest owner, your only owner, so mercilessly uncommunicated, so utterly isolated, unable even to express my most basic emotions to my peers at the other end of the line, to humanity itself through words, through language, its number one communication mechanism?
No, old chap, you left me glum ,speechless, somewhat disappointed in capitalist manufacturing- it's true- but above all you left me alone.
By myself I can't say anything, I'm mute. Those messages of responsibility, of love, of life shall never be uttered. They shall never be delivered. My dear old fellow, by myself I'm a wretched invalid whose helplessness may be suitable only for bringing dishonour and disgrace on my impotent silence. Not even a day has passed since your sudden departure and already this miserable man misses your prompt functions like a fish on land would miss the water. You had become a cell of my body, a part of my hand, a communication tool for my acquaintances and a locating device for my friends. Where am I to be found now, after your injurious demise? Why did it have to happen?
But I guess everything comes to an end and it's just that I wasn't ready for it.
I hope you're well wherever you may be. I really trust that'll be the case. And, have you found company? Have you seen other Nokia fellow-souls, perhaps, from whom your amiable spirit might take a little comfort?
And have you already met your maker? Oh, I don't think so my poor little thing, since after all you were made by some thoughtless machine somewhere in China, simply assembled by quite unsympathetic robots. Never mind, never mind...
Farewell my friend! I will remain mute. And come what may, you shall not be superseded. I will remain loyal, I will remain mute.
Farewell my friend.
Farewell.
The black old chum is gone for good. And why include its obituary in my Brazilian Notes? Well, where else to write a few respectful lines, humble homage to a loyal companion that today- yes, today- met its unexpected end on this earth, and who had until now been most useful - isn't that important?- during my whole stay in this country. Companion for too long a time, in fact, to forget and let pass as if nothing had occurred. Lastly, though by no means is this the least of my sorrows, I should say - not without a bitter twinge of pain- that our black little buddy went off when I most needed it, once, and for all.
Oh, dear old Nokia! Why did it have to be this morning? Just then, at the exact moment when you were called upon your duty, that most honourable duty of yours? Why did you have to leave me- me!- your honest owner, your only owner, so mercilessly uncommunicated, so utterly isolated, unable even to express my most basic emotions to my peers at the other end of the line, to humanity itself through words, through language, its number one communication mechanism?
No, old chap, you left me glum ,speechless, somewhat disappointed in capitalist manufacturing- it's true- but above all you left me alone.
By myself I can't say anything, I'm mute. Those messages of responsibility, of love, of life shall never be uttered. They shall never be delivered. My dear old fellow, by myself I'm a wretched invalid whose helplessness may be suitable only for bringing dishonour and disgrace on my impotent silence. Not even a day has passed since your sudden departure and already this miserable man misses your prompt functions like a fish on land would miss the water. You had become a cell of my body, a part of my hand, a communication tool for my acquaintances and a locating device for my friends. Where am I to be found now, after your injurious demise? Why did it have to happen?
But I guess everything comes to an end and it's just that I wasn't ready for it.
I hope you're well wherever you may be. I really trust that'll be the case. And, have you found company? Have you seen other Nokia fellow-souls, perhaps, from whom your amiable spirit might take a little comfort?
And have you already met your maker? Oh, I don't think so my poor little thing, since after all you were made by some thoughtless machine somewhere in China, simply assembled by quite unsympathetic robots. Never mind, never mind...
Farewell my friend! I will remain mute. And come what may, you shall not be superseded. I will remain loyal, I will remain mute.
Farewell my friend.
Farewell.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Las campanas del tiempo
Suenan las campanas de la catedral central y despierto de un sueño atroz. Estupefacto, aterrado.
Sobre un rostro desfigurado mis pupilas reciben la luz enceguecedora, violenta, que las cierra instantáneamente hasta dejarlas ínfimas. Pequeñas aureolas negras sobre los iris marrones, mis ojos enfocan con esfuerzo. Luego desenfocan. Veo figuras borrosas y entornos nublados por algunos instantes hasta realmente despertar. De a poco todo vuelve a la normalidad. Sin embargo...el sueño, la pesadilla, ha sido demasiado real. Vívida, tangible. Espantosamente real- pienso- y tengo muecas de preocupación, labios apretados. Yazgo sentado sacudiendo levemente la cabeza. Niego el espanto, tan reciente, tan cercano. Niego el terror. Deseos de permanecer incrédulo brotan dentro de mí intentando chorrear por mis ojos, por mis oídos. Explotan a cántaros de mi pecho, de mi cabeza, hasta salir por completo y dejarme seco, marchito, y así quebrarme en pedazos hasta desaparecer. O desinflarme en pie y así caer, y así ser pisoteado por la realidad que veo ahora. No antes, cuando deliraba agonizante, impotente.
Miro a mis alrededores, tímidamente al princípio, enérgicamente después. Busco otros rostros, rastros que me lleven a comprobar que no he sido el único. Niego. Vuelvo a negar, sacudiendo la cabeza, esta vez más fuerte. Al fin, algún rostro se digna ver en el mío, es el más cercano que marcha sobre un cuerpo relajado. En ese instante las miradas se unen. Yo busco expresarme en mis ojos, llevando mi corazón y mis ideas hasta mis pupilas, esas dos gotas de petróleo sobre las iris de arena. Busco algún tipo de explicación, de señal. No percibo nada, más que indiferencia. No fui conprendido, no fui respondido. Me levanto laboriosamente, el cuerpo dolorido como si hubiese dormido sobre ese banco de la plaza central por días, por años, por siglos. Tenso, inmutable, inactivo.
Muevo las extremidades de a poco. Siento el corazón que retumba. Uno...dos...tres..., sigue retumbando y desprende sangre, succiona sangre. Chorros de sangre, eterna. Camino en alguna dirección buscando gente. Me acerco y la observo. Contemplo otros rostros que se alejan fugaces mientras otros se acercan y luego se alejan también, perdiéndose entre la muchedumbre para no volver a ser reconocidos jamás. Llego a una esquina y giro la cabeza una, dos, tres veces como un péndulo marcando el tiempo que pasa, inevitable, como el gentío que también pasa, que llega y se va.
No sé qué dirección tomar, parecen todas semejantes: gente apurada en dirección al trabajo o a sus casas. O a la parada de ómnibus o al restaurante. Otros más informales, menos rápidos, van al gimnasio o regresan, sonríen. Otros, elegantes, guardan sus anteojos de sol en la solapa del traje y suben a algún lujoso automóvil. Se van. Ya pasaron. No vuelven.
Comienza a oscurecer y permanezco parado, atónito, inmóvil, observando, rememorando. Se juntan las nubes en el cielo y la oscuridad avanza. El flujo humano disminuye. Algunos cierran los locales, otros limpian las calles. La voces se apagan, el día pasó. Las horas pasaron, y los años y los siglos.
Escucho la tormenta que comienza estrepitosa en el cielo negro. Me mojo y por un momento siento que me derrito. Sacudo la cabeza, negando, incrédulo. El agua corre por mis poros y enjuaga mis ideas, mis sentidos, mis sentimientos. Los diluye y mi cuerpo va formando un charco que me chupa, me atrae, me extingue. Miro a mi alrededor, creo que por última vez. Busco algún rostro, alguna ayuda. Veo que algunos aún quedan, inmutables, inmóviles, secos. Son mendigos, sucios y barbudos, hambrientos milenarios. Sufren y mueren. Perecen allí, cerca mío, pero secos. Me miran y sus ojos en los míos permanecen suplicantes. No se van, no me abandonan. Mas yo me disuelvo en lluvia, ya sin sangre.
Suenan las campanas de la catedral central y despierto.
Sobre un rostro desfigurado mis pupilas reciben la luz enceguecedora, violenta, que las cierra instantáneamente hasta dejarlas ínfimas. Pequeñas aureolas negras sobre los iris marrones, mis ojos enfocan con esfuerzo. Luego desenfocan. Veo figuras borrosas y entornos nublados por algunos instantes hasta realmente despertar. De a poco todo vuelve a la normalidad. Sin embargo...el sueño, la pesadilla, ha sido demasiado real. Vívida, tangible. Espantosamente real- pienso- y tengo muecas de preocupación, labios apretados. Yazgo sentado sacudiendo levemente la cabeza. Niego el espanto, tan reciente, tan cercano. Niego el terror. Deseos de permanecer incrédulo brotan dentro de mí intentando chorrear por mis ojos, por mis oídos. Explotan a cántaros de mi pecho, de mi cabeza, hasta salir por completo y dejarme seco, marchito, y así quebrarme en pedazos hasta desaparecer. O desinflarme en pie y así caer, y así ser pisoteado por la realidad que veo ahora. No antes, cuando deliraba agonizante, impotente.
Miro a mis alrededores, tímidamente al princípio, enérgicamente después. Busco otros rostros, rastros que me lleven a comprobar que no he sido el único. Niego. Vuelvo a negar, sacudiendo la cabeza, esta vez más fuerte. Al fin, algún rostro se digna ver en el mío, es el más cercano que marcha sobre un cuerpo relajado. En ese instante las miradas se unen. Yo busco expresarme en mis ojos, llevando mi corazón y mis ideas hasta mis pupilas, esas dos gotas de petróleo sobre las iris de arena. Busco algún tipo de explicación, de señal. No percibo nada, más que indiferencia. No fui conprendido, no fui respondido. Me levanto laboriosamente, el cuerpo dolorido como si hubiese dormido sobre ese banco de la plaza central por días, por años, por siglos. Tenso, inmutable, inactivo.
Muevo las extremidades de a poco. Siento el corazón que retumba. Uno...dos...tres..., sigue retumbando y desprende sangre, succiona sangre. Chorros de sangre, eterna. Camino en alguna dirección buscando gente. Me acerco y la observo. Contemplo otros rostros que se alejan fugaces mientras otros se acercan y luego se alejan también, perdiéndose entre la muchedumbre para no volver a ser reconocidos jamás. Llego a una esquina y giro la cabeza una, dos, tres veces como un péndulo marcando el tiempo que pasa, inevitable, como el gentío que también pasa, que llega y se va.
No sé qué dirección tomar, parecen todas semejantes: gente apurada en dirección al trabajo o a sus casas. O a la parada de ómnibus o al restaurante. Otros más informales, menos rápidos, van al gimnasio o regresan, sonríen. Otros, elegantes, guardan sus anteojos de sol en la solapa del traje y suben a algún lujoso automóvil. Se van. Ya pasaron. No vuelven.
Comienza a oscurecer y permanezco parado, atónito, inmóvil, observando, rememorando. Se juntan las nubes en el cielo y la oscuridad avanza. El flujo humano disminuye. Algunos cierran los locales, otros limpian las calles. La voces se apagan, el día pasó. Las horas pasaron, y los años y los siglos.
Escucho la tormenta que comienza estrepitosa en el cielo negro. Me mojo y por un momento siento que me derrito. Sacudo la cabeza, negando, incrédulo. El agua corre por mis poros y enjuaga mis ideas, mis sentidos, mis sentimientos. Los diluye y mi cuerpo va formando un charco que me chupa, me atrae, me extingue. Miro a mi alrededor, creo que por última vez. Busco algún rostro, alguna ayuda. Veo que algunos aún quedan, inmutables, inmóviles, secos. Son mendigos, sucios y barbudos, hambrientos milenarios. Sufren y mueren. Perecen allí, cerca mío, pero secos. Me miran y sus ojos en los míos permanecen suplicantes. No se van, no me abandonan. Mas yo me disuelvo en lluvia, ya sin sangre.
Suenan las campanas de la catedral central y despierto.
martes, 20 de marzo de 2012
35 minutos
Los treinta y cinco minutos a pie que me separan de la playa más cercana me representan un buen ejemplo de la relatividad en la noción del tiempo.
Antes de decidirme a emprender la marcha, bajo el sol caliente de un común día de marzo, parezco meditar con ridículo detalle en esos treinta y cinco minutos que serían, bajo agobiantes temperaturas. Permanezco dubitativo. El objetivo en cuestión es, a mi parecer, una de las más hermosas playas que posee la gran isla de Santa Catarina. Amplia y extensa, con fina arena de tono beige claro, no posee construcciones en sus inmediaciones, lo que sumado a la casi perpetua ausencia de cualquier cosa parecida a una muchedumbre, le otorga una belleza aún más pronunciada, más natural. Tales características vencen finalmente mi demasiado prolongada indecisión y yo parto a paso calmo a través de la densa humedad en dirección al paradisíaco destino.
A los pocos minutos mis pensamientos vuelven al sol radiante, inmutable, único gobernante del infinito fondo azul, y que posa a esas horas del día casi perpendicular a mi eje corporal. En tales circumstancias, percato con cierto arrepentimiento, hasta mi sombra parece haber preferido quedar atrás, no embarcarse en semejante automasoquismo.
Mis párpados se humedecen con la irrefrenable traspiración que desciende por la frente y sigue camino ahora con mayor rápidez y caudal hacia las sienes. Ya no hay vuelta atrás, me digo con un leve suspiro y siento alivio, bienvenido alivio que le abre las puertas a la tranuilidad y al preciado reposo mental. Comienzo entonces a percibir mi entorno con otros ojos. Percibo ahora otras cosas que son, y que me rodean. Ya no se encuentran mis ojos, por momentos, rodeados de tibia e incómoda traspiración, sino de colores. De innumerables y tantas veces indefinibles colores y matices que se manifiestan en vida y materia omnipresentes a lo largo de la calle angosta. Las generalmente pintorescas casas de Florianópolis abundan en tonos de rosa y azul, amarillo, verde. Otras son rojas y varias, celestes. El amarillo predomina sobre las rebocadas paredes mientras el rey de los colores en toda la isla es, sin dudas, el verde. Mejor dicho los verdes, pues no es necesario un gran esfuerzo de atención en la densa vegetación de los morros y que llega hasta los bordes de la calle, para percibir que dicho color no conoce en realidad por estos pagos su forma singular. Los verdes son así el primer placer visual que experimento en el camino que emprendo.
Pasan otros pocos minutos. El resto de la trilha va dismuniyendo mientras los placeres aumentan, a medida que salgo del pueblo y me adentro en la naturaleza pura, a través de un sendero que me llevará hasta las mismas márgenes del majestuoso Océano Atlántico. Pero hay otros placeres, y no es el auditivo el que se presenta sobre mi marcha con menor intensidad. Aquí y allí pájaros casi tan variados como los tonos verduzcos sobre los que descienden y reposan, comienzan sin previo aviso su canto maravilloso. ¿Quién ha enseñado a cantar a las aves?, me pregunto perplejo, que parecen incapaces de comprender el significado de "desafinar" . Por más que intento, no recuerdo alguna vez en mi vida haber oído desentonar a un pájaro. Me abstraigo a paso constante en las inimitables melodías aéreas y noto sin curiosidad ni asombro que comienzan a amalgamarse como de común acuerdo, las distantes voces humanas que se aproximan. Poco a poco discierno su diálogo en crescendo a la vez que los pájaros parecen concertar un impecable diminuendo, tal fuera algún respeto al discurso humano. Serán dos locales, posiblemente, habitantes de la isla tal vez, arriesga mi inexperto oído en respuesta al Português articulado. Éste llega a su climax al pasar estos "otros afortunados" caminantes a mi lado y saludar con tibio gesto.
Cada vez más cerca, pero ya no sé si quiero llegar pronto. Tal vez si camino más despacio...
Y eso voy haciendo cuando, ya a pocas centenas de metros de la costa, mi repiración se agita y el calor se vuelve más intenso. Es que tengo que subir un par de perfectas dunas de arena clara para luego descender hasta una pequeña laguna estacional alrededor de cuyas aguas crecen juncos y moran millares de insectos. Yo los oigo e imagino que me felicitan, o quizás, me dan la bienvenida. El camino está recorrido, el sendero terminado y sólo resta un leve declive que desciendo un tanto ansioso hasta que logro "verlo". Inmenso, infinito y poderoso se extiende más allá -lo sé- de lo que mi vista capta. Muchísimo más allá. Si no tuviera ese límite humano, señalo infantilmente, vería África al otro lado.'¡De Brasil a África! ¡Que gran país Brasil que posee tan extensa costa! Mas comparo con el mar, al cual sigo contemplando impresionado, y encuentro que no hay país en el mundo semejante en poder, similar en grandiosidad.
Lo respeto y lo admiro deleitado, emocionado, mientras me reclino sobre la arena de la desierta playa. Tranquilo, miro al horizonte y escucho el rugir de las olas, espumosas. Recuerdo los treinta y cinco minutos- que ya fueron- y sonrío.
Antes de decidirme a emprender la marcha, bajo el sol caliente de un común día de marzo, parezco meditar con ridículo detalle en esos treinta y cinco minutos que serían, bajo agobiantes temperaturas. Permanezco dubitativo. El objetivo en cuestión es, a mi parecer, una de las más hermosas playas que posee la gran isla de Santa Catarina. Amplia y extensa, con fina arena de tono beige claro, no posee construcciones en sus inmediaciones, lo que sumado a la casi perpetua ausencia de cualquier cosa parecida a una muchedumbre, le otorga una belleza aún más pronunciada, más natural. Tales características vencen finalmente mi demasiado prolongada indecisión y yo parto a paso calmo a través de la densa humedad en dirección al paradisíaco destino.
A los pocos minutos mis pensamientos vuelven al sol radiante, inmutable, único gobernante del infinito fondo azul, y que posa a esas horas del día casi perpendicular a mi eje corporal. En tales circumstancias, percato con cierto arrepentimiento, hasta mi sombra parece haber preferido quedar atrás, no embarcarse en semejante automasoquismo.
Mis párpados se humedecen con la irrefrenable traspiración que desciende por la frente y sigue camino ahora con mayor rápidez y caudal hacia las sienes. Ya no hay vuelta atrás, me digo con un leve suspiro y siento alivio, bienvenido alivio que le abre las puertas a la tranuilidad y al preciado reposo mental. Comienzo entonces a percibir mi entorno con otros ojos. Percibo ahora otras cosas que son, y que me rodean. Ya no se encuentran mis ojos, por momentos, rodeados de tibia e incómoda traspiración, sino de colores. De innumerables y tantas veces indefinibles colores y matices que se manifiestan en vida y materia omnipresentes a lo largo de la calle angosta. Las generalmente pintorescas casas de Florianópolis abundan en tonos de rosa y azul, amarillo, verde. Otras son rojas y varias, celestes. El amarillo predomina sobre las rebocadas paredes mientras el rey de los colores en toda la isla es, sin dudas, el verde. Mejor dicho los verdes, pues no es necesario un gran esfuerzo de atención en la densa vegetación de los morros y que llega hasta los bordes de la calle, para percibir que dicho color no conoce en realidad por estos pagos su forma singular. Los verdes son así el primer placer visual que experimento en el camino que emprendo.
Pasan otros pocos minutos. El resto de la trilha va dismuniyendo mientras los placeres aumentan, a medida que salgo del pueblo y me adentro en la naturaleza pura, a través de un sendero que me llevará hasta las mismas márgenes del majestuoso Océano Atlántico. Pero hay otros placeres, y no es el auditivo el que se presenta sobre mi marcha con menor intensidad. Aquí y allí pájaros casi tan variados como los tonos verduzcos sobre los que descienden y reposan, comienzan sin previo aviso su canto maravilloso. ¿Quién ha enseñado a cantar a las aves?, me pregunto perplejo, que parecen incapaces de comprender el significado de "desafinar" . Por más que intento, no recuerdo alguna vez en mi vida haber oído desentonar a un pájaro. Me abstraigo a paso constante en las inimitables melodías aéreas y noto sin curiosidad ni asombro que comienzan a amalgamarse como de común acuerdo, las distantes voces humanas que se aproximan. Poco a poco discierno su diálogo en crescendo a la vez que los pájaros parecen concertar un impecable diminuendo, tal fuera algún respeto al discurso humano. Serán dos locales, posiblemente, habitantes de la isla tal vez, arriesga mi inexperto oído en respuesta al Português articulado. Éste llega a su climax al pasar estos "otros afortunados" caminantes a mi lado y saludar con tibio gesto.
Cada vez más cerca, pero ya no sé si quiero llegar pronto. Tal vez si camino más despacio...
Y eso voy haciendo cuando, ya a pocas centenas de metros de la costa, mi repiración se agita y el calor se vuelve más intenso. Es que tengo que subir un par de perfectas dunas de arena clara para luego descender hasta una pequeña laguna estacional alrededor de cuyas aguas crecen juncos y moran millares de insectos. Yo los oigo e imagino que me felicitan, o quizás, me dan la bienvenida. El camino está recorrido, el sendero terminado y sólo resta un leve declive que desciendo un tanto ansioso hasta que logro "verlo". Inmenso, infinito y poderoso se extiende más allá -lo sé- de lo que mi vista capta. Muchísimo más allá. Si no tuviera ese límite humano, señalo infantilmente, vería África al otro lado.'¡De Brasil a África! ¡Que gran país Brasil que posee tan extensa costa! Mas comparo con el mar, al cual sigo contemplando impresionado, y encuentro que no hay país en el mundo semejante en poder, similar en grandiosidad.
Lo respeto y lo admiro deleitado, emocionado, mientras me reclino sobre la arena de la desierta playa. Tranquilo, miro al horizonte y escucho el rugir de las olas, espumosas. Recuerdo los treinta y cinco minutos- que ya fueron- y sonrío.
jueves, 15 de marzo de 2012
La Estrella y el humilde
Contemplar, eso hice anoche. Contemplé. Una estrella. Recordé mientras la observaba como en un leve y lejano dejá vù, varios contemplares anteriores, muy anteriores en mi vida.
Cuando era niño no fueron pocas las veces que miré a las estrellas con asombro. Alguna de ellas, fugazmente, parecía comunicarse conmigo en voz baja. "Tenés una vida por delante para contemplar la majestuosidad del espacio y la belleza de este mundo sobre el que has sido puesto". Imaginaba que me decía: "No te asombrés demasiado ahora que sos apenas un niño. Tus mayores seguro ya te han dicho que tenés mucho por aprender, muchas cosas por ver y comprender con la madurez que el tiempo, los años y la experiencia te van a dar".
Anoche, transcurridos algunos años, tal vez a mitad de camino en mi vida, con un vaso de cerveza fría en la mano y algunas canas en el cabello, volví a mirar a las estrellas, después de mucho tiempo. Me asombró, esta vez, descubrir que parecían incluso más lejanas e inalcanzables que cuando yo era pequeño. Las contemplé con atención. Sólo después de un prolongado intento de comunicación, como rememorando mis antiguos hábitos de niño soñador, una de ellas pareció hablarme. Escuché su voz, aunque con mayor esfuerzo pues parecía mayor la distancia que su voz recorría. Voz que percibí más avejentada, como si el tiempo hubiese pasado para ella tan drásticamente como para mí. No me habló, sin embargo, de aprendizaje o de madurez. Su tono, otra vez, fue de condescendencia. Me pareció desiludionado y hasta exasperado. Me pareció incluso burlón cuando me dijo " ¿Creés poder llegar a mí o a alguna de nosotras cuando después de todo este tiempo tu vista sólo se ha deteriorado? ¿Creés poder llegar con tus palabras a una estrella cuando con esas mismas palabras no lográs llegar a la mujer amada? ¿Pretendés ahora, en tu madurez de hombre, comprender a las estrellas mientras día a día fallás en entender las cosas más básicas que te rodean? ¿Considerás ahora que tus experiencias vividas te permiten recorrer años luz hasta acá cuando sobre la tierra a veces no conseguís recorrer la mísera distancia que te separa de tus seres queridos?
Yo comprendí su mensaje. Continué bebiendo con la vista baja y los pensamientos nublados. Pasaron los minutos. Noté mi vaso vacío. Algo desorientado y triste decidí ir a acostarme. Cerré los ojos y traté de pensar en ella. Intenté hablarle y me venció el sueño.
Cuando era niño no fueron pocas las veces que miré a las estrellas con asombro. Alguna de ellas, fugazmente, parecía comunicarse conmigo en voz baja. "Tenés una vida por delante para contemplar la majestuosidad del espacio y la belleza de este mundo sobre el que has sido puesto". Imaginaba que me decía: "No te asombrés demasiado ahora que sos apenas un niño. Tus mayores seguro ya te han dicho que tenés mucho por aprender, muchas cosas por ver y comprender con la madurez que el tiempo, los años y la experiencia te van a dar".
Anoche, transcurridos algunos años, tal vez a mitad de camino en mi vida, con un vaso de cerveza fría en la mano y algunas canas en el cabello, volví a mirar a las estrellas, después de mucho tiempo. Me asombró, esta vez, descubrir que parecían incluso más lejanas e inalcanzables que cuando yo era pequeño. Las contemplé con atención. Sólo después de un prolongado intento de comunicación, como rememorando mis antiguos hábitos de niño soñador, una de ellas pareció hablarme. Escuché su voz, aunque con mayor esfuerzo pues parecía mayor la distancia que su voz recorría. Voz que percibí más avejentada, como si el tiempo hubiese pasado para ella tan drásticamente como para mí. No me habló, sin embargo, de aprendizaje o de madurez. Su tono, otra vez, fue de condescendencia. Me pareció desiludionado y hasta exasperado. Me pareció incluso burlón cuando me dijo " ¿Creés poder llegar a mí o a alguna de nosotras cuando después de todo este tiempo tu vista sólo se ha deteriorado? ¿Creés poder llegar con tus palabras a una estrella cuando con esas mismas palabras no lográs llegar a la mujer amada? ¿Pretendés ahora, en tu madurez de hombre, comprender a las estrellas mientras día a día fallás en entender las cosas más básicas que te rodean? ¿Considerás ahora que tus experiencias vividas te permiten recorrer años luz hasta acá cuando sobre la tierra a veces no conseguís recorrer la mísera distancia que te separa de tus seres queridos?
Yo comprendí su mensaje. Continué bebiendo con la vista baja y los pensamientos nublados. Pasaron los minutos. Noté mi vaso vacío. Algo desorientado y triste decidí ir a acostarme. Cerré los ojos y traté de pensar en ella. Intenté hablarle y me venció el sueño.
viernes, 9 de marzo de 2012
Antes de Llover
"Parece que va a llover"- me dice una corpulenta señora que viajaba a mi lado en el 843 que va desde Lagoa hasta Rio Tavares. Sim- respondo en portugués con acento. Me maldigo unos segundos a mí mismo por mi incapacidad de socializar en idioma extranjero. En seguida desecho mis preocupaciones: después de todo mirando a las enormes y negras nubes que cubrían el cielo por completo, cualquier simple mortal hubiese llegado a la misma poco sorprendente conclusión. Miro discretamente a mi casual acompañante como agregando al menos una mirada a tan breve "conversación". Ella me percibe mas no responde con gesto ninguno. ¿Se habrá ofendido la brazuca? No puedo evitar preguntarme. ¿Pensará que soy un gringo de esos que responden con sim hasta las más vulgares y desfachatadas faltas de respeto?
Percibo el olor a humedad imperante y miro por la ventana. Un pájaro se esconde bajo un techo de madera y un perro parece percibirlo con orejas tensas, oídos atentos, pero sin emitir ladrido. El ônibus gira lentamente una curva pronunciada y los esconde de mi vista. Aparecen ahora una decena de casas desperdigadas a lo largo de la calle. Observo patios traseros, que ascienden hacia la colina, cubiertos totalmente de pasto, cañas y árboles bajos, los cuales marcan el comienzo del cerro que constituye el fondo de mi paisaje. Pierdo mi atención en la tupida vegetación del verde morro y la recupero al reconocer las cercanías de mi domicilio. Al bajar del ônibus me percato de que ha oscurecido con rapidez. Miro a ambos lados antes de cruzar la calle aún seca, mas el único vehículo que se ve y se oye es el colectivo que se aleja de a poco en dirección a Rio Tavares. Recorro lenta y silenciosamente los doscientos y tantos metros que me separan de mi hogar- o más bien de nuestro hogar, pues la pequeña vivienda es también morada de mi amigo Alejo.
Aquí y allí sólo oigo insectos que no puedo asociar a su verdadera morfología. Sonidos que creo oír por primera vez y cuyas fuentes sólo imagino con algo de esfuerzo. Algunas luces ya han sido encendidas en el interior de las casas que paso, y sin embargo ni un alma osa darse a ver o salir a presenciar el inminente chaparrón. Finalmente alcanzo la entrada. Abro sigilosamente la cerca y luego la puerta. Alejo levanta primero la vista e inmediatamente las cejas en señal de saludo, al fin del cual prosigue a enceder un cigarrillo. Mi mirada posa aún sobre él. Breves instantes permanezco expectante, tal vez algo sorprendido por la tibia reacción, y no evito comentarle "¡Parece que va a llover!".
Percibo el olor a humedad imperante y miro por la ventana. Un pájaro se esconde bajo un techo de madera y un perro parece percibirlo con orejas tensas, oídos atentos, pero sin emitir ladrido. El ônibus gira lentamente una curva pronunciada y los esconde de mi vista. Aparecen ahora una decena de casas desperdigadas a lo largo de la calle. Observo patios traseros, que ascienden hacia la colina, cubiertos totalmente de pasto, cañas y árboles bajos, los cuales marcan el comienzo del cerro que constituye el fondo de mi paisaje. Pierdo mi atención en la tupida vegetación del verde morro y la recupero al reconocer las cercanías de mi domicilio. Al bajar del ônibus me percato de que ha oscurecido con rapidez. Miro a ambos lados antes de cruzar la calle aún seca, mas el único vehículo que se ve y se oye es el colectivo que se aleja de a poco en dirección a Rio Tavares. Recorro lenta y silenciosamente los doscientos y tantos metros que me separan de mi hogar- o más bien de nuestro hogar, pues la pequeña vivienda es también morada de mi amigo Alejo.
Aquí y allí sólo oigo insectos que no puedo asociar a su verdadera morfología. Sonidos que creo oír por primera vez y cuyas fuentes sólo imagino con algo de esfuerzo. Algunas luces ya han sido encendidas en el interior de las casas que paso, y sin embargo ni un alma osa darse a ver o salir a presenciar el inminente chaparrón. Finalmente alcanzo la entrada. Abro sigilosamente la cerca y luego la puerta. Alejo levanta primero la vista e inmediatamente las cejas en señal de saludo, al fin del cual prosigue a enceder un cigarrillo. Mi mirada posa aún sobre él. Breves instantes permanezco expectante, tal vez algo sorprendido por la tibia reacción, y no evito comentarle "¡Parece que va a llover!".
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