Son las 22:30 hs. Llego fatigado a mi hogar, extraNadísimo hogar. Bueno, hogar...es una forma de decir.
Tendré que sincerarme un tanto, estimado lector, al menos por esta vez: Lo llamo hogar, en primera instancia, pues eso es, a pesar de todo, lo que es. En segunda instancia y diciendo las cosas como son, la palabra "hogar" tiene fines literarios en esta croniquita. O más bien tenía, ya que río de mi mismo al escribir eso de "fines literarios" y pienso que, además de ser más sincero, necesitaré darle al texto un tono algo más relajado. Quizá gane de este modo, una dosis de valiosa honestidad.
Sea como fuere, pediré anticipadas disculpas a quien pudiera esperar otra cosa de un hogar.
Hablaba entonces de mi hogar. El mío, sólo ése. Creo oportuno aclarar ahora que, a mi entender, el sustantivo "hogar" acarrea connotaciones muy positivas: Família, paz, amor, compartir junto a una estufa a leNa 5 minutos de té La Virginia y sonreír con dientes blanquísimos (el té La Virginia parece ser un fabuloso enjuague bucal) ante la contemplación superada, madura de la vida - fácil y divertida vida!- por algún adulto que lo posee todo. Posse, al fin y al cabo, un hogar. Y ése, como usted ya sabe amigo lector, es el lugar donde el frío no existe, o tiene menos acceso que un latino en EspaNa; y donde la violencia es más desconocida que Mercedes Sosa en Brasilia . Lo que sí impera en cantidades abusivas, claro está, es la fraternidad. Más fraternidad que en París en 1789. Esas son sólo algunas de las imágenes que nos trae pensar en el hogar, un hogar.
Ese hogar, respiro hondo para decirselo sin sonrojarme, no es mi hogar (y tome mate!).
Son las 22:30hs. Llego bien mojadito- por la encantadora lluviecita- a mi confortable casillita, es decir a mi precaria casilla rodante donde vivo sólo como perro malo (y sarnoso, por las dudas) hace casi tres meses. Reconozco, de todos modos, que si fuera una amplia y hermosa casa, poblada de adornos chic y concurrida por personas gratas y honradas, el té La Virginia, para bien o para mal, no se consigue en Brasil y por ende en lugar del adulto descripto (el que sonreía con dientes blanco Ala) habría algún personaje ( o sea algún terrible limado) fumandose un faso y riendose a carcajadas, de lo más grotescas por cierto. Éste daría espectáculo de su dentadura británica mientras golpea desmedidamente sus muslos con la mano derecha (con la izquierda sostiene el ocasional churrito, por qué no un bruto caNo del grosor de un palo de escoba). Es cierto, los demás presentes prestaríamos mayor atención a la dentadura que a las manos. La fuente de toda esta lujuriosa felicidad, además de los humos del palo de escoba, sería, alguna que otra vez, el humor vulgar de algún depravado presente bien avanzado en tragos.
Pero aquí, en la realidad, no hay casa y no hay compaNia. Hay 4 metros cuadrados con una cama, una heladera y ropas por todos lados. Todas mías lamentablemente. A media altura, es decir a la altura del cuello, una repiza con más ropa, varios libros y algunos elementos de vajilla. Opuesto a la cama, una cocinita, canilla y mesada de acero inoxidable. En un ricón, sobre una superficie de medio metro cuadrado se halla el mini-baNo, que no uso, pues hay otro (uno un poquito más normal) en las cercanías y a distancia razonable (si bien a una vejiga en apuros no le va mucho eso de razonar). A éste baNo próximo tengo merecido acceso. Acceso VIP, me digo a veces a modo de consuelo o simplemente porque no tengo otra cosa que decir y necesito pasar el rato.
Tirando una de cal luego de las dos de arena, debo decir que un detalle agradable son las abundantes ventanas. Éstas poseen prolijas cortinas verdes, simpáticas. Aunque yo las mantengo cerradas generalmente, para evitar el sobrecalentamiento de este minúsculo ambiente. Cuando eso sucede, irremediablemente alrededor de las diez treinta de la matina en los días de sol, la simpática casilla se convierte en un perfecto hornito a chapa y me veo obligado a abandonarla hasta cerca de las dos de la tarde, por lo menos.
En fin, quien conoce casillas rodantes tal vez entienda de lo que hablo. El que no las ha visto por dentro...vaya en busca de una o créame sin más, pues le hablo con toda mi seriedad de hombre de bien (Cuatro metros cuadrados seNor y senorita! Juro).
Pero ahora son las 22:45 y la temperatura ha descendido agradablemente. BaNado (en mi free access bathroom), secado y cambiado permanezco cansado y hambriento. Abro la heladera cerrando los ojos como para no ver y sí tal vez imaginar algún alimento, ejercicio mental éste al que por cierto le dedico varias horas en el día. Ojos cerrados entonces, imagino pollo frío o lechón, una cerveza y alguna ensalada preparada. Oigo al estomago: "Justo ahora se te da por andar imaginando?, Abrí los ojos y fijate que hay que los sueNos no se comen!" Lentamente los abro, ante el contenido real del aparato eléctrico para enfriar: Un pote de mayonesa (eso sí, Hellmann's eh!), tres botellitas de salsa de ají (de diferentes marcas, pero ninguna Hellmann's porque me parece que no las fabrican) y salsa de tomate. Considero por fugaces segundos una posible combinación de todos esos elementos, juntos. Finalmente el paladar, en inusual alianza con el sentido común, parece ganarle la pulseada al desnutrido delirio y abandono la empresa. La salúd, jubilosa, festeja con grito de gol. El paladar y el sentido común suspiran aliviados, aunque la saludable victoria no contribuye a consertar tregua entre ellos y pronto vuelven a sus respectivas posturas de enemistad.
El único real damnificado, el estómago, emite chillidos de chancho herido. Impotente y decepcionado realiza un último intento por enviar suplicantes reclamos al autoritario cerebro, que permanece inmutable en las alturas de mi figura (hablamos de 1,80 metros, apróximadamente).
Mientras los órganos de mi cuerpo viven el frenesí cotidiano, yo vuelvo la atención a mi entorno inmediato. El cerebro ha dictado: "No habrán alimentos hasta maNana", y entonces no me queda a mí más remedio que entretenerme con alguna lectura, o con...alguna otra lectura. En realidad busco distraer al alma, que de otra forma se me despega del cuerpo y se me va a conseguir morfi a otro lado. Mas no lo hace. (Que si yo viviese en la Antiguedad o en la Edad Media, seguro que se piantaba la muy guacha). Hoy en día, usted ya sabe, cuerpo y alma no se separan tan fácilmente, para bien de los famélicos. Es que el alma anda siempre por ahí, buscando alimentarse, vió?
Así entonces las cosas, a pesar de que mi lectura no se prolonga más allá de los diez minutos, tiempo al cabo del cual los párpados se empeNan con testarudez de vasco convencido en cerrarse y finiquitar la jornada, cuerpo, alma y sentidos permanecen uno. Yo decido conscientemente dar por concluído el día e ir a dormir. ANtes de vencerme la extenuación, sin embargo, disfruto varios compases de un tema de Bob Marley que suena en la distancia, proveniente de los parlantes de algún otro hogar, de algún hogar vecino.
Me duermo escuchando al Gardel del reggae y pensando que mientras la música continúa para otros, aquí ya no sonará hasta maNana.
Mi hogar es así, es esto. Poco reggae, nada de té La Virginia (no hablemos de mis dientes, por favor...), poco espacio, pocas pertenencias y escaso alimento. Pero eso no es tan malo, después de todo. Y como concordando con ello, alma y mente (sí, incluso el prepotente cerebro se digna emitir un último dictamen antes del sueNo) me susurran juntos, cerca de las 12:15, a modo de buenas noches: "Nos gusta esto. Preferimos éste hogar"
P.D.: Tipo 3 de la maNana, entre sueNos, me pareció oír exclamar al estómago. Creo que dijo algo así como..." A mí también me gusta este hogar, que lo re-parió..."
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