martes, 20 de marzo de 2012

35 minutos

 Los treinta y cinco minutos a pie que me separan de la playa más cercana me representan un buen ejemplo de la relatividad en la noción del tiempo.
 Antes de decidirme a emprender la marcha, bajo el sol caliente de un común día de marzo, parezco meditar con ridículo detalle en esos treinta y cinco minutos que serían, bajo agobiantes temperaturas. Permanezco dubitativo. El objetivo en cuestión es, a mi parecer, una de las más hermosas playas que posee la gran isla de Santa Catarina. Amplia y extensa, con fina arena de tono beige claro, no posee construcciones en sus inmediaciones, lo que sumado a la casi perpetua ausencia de cualquier cosa parecida a una muchedumbre, le otorga una belleza aún más pronunciada, más natural. Tales características vencen finalmente mi demasiado prolongada indecisión y yo parto a paso calmo a través de la densa humedad en dirección al paradisíaco destino.
 A los pocos minutos mis pensamientos vuelven al sol radiante, inmutable, único gobernante del infinito fondo azul, y que posa a esas horas del día casi perpendicular a mi eje corporal. En tales circumstancias, percato con cierto arrepentimiento, hasta mi sombra parece haber preferido quedar atrás, no embarcarse en semejante automasoquismo.
 Mis párpados se humedecen con la irrefrenable traspiración que desciende por la frente y sigue camino ahora con mayor rápidez y caudal hacia las sienes. Ya no hay vuelta atrás, me digo con un leve suspiro y siento alivio, bienvenido alivio que le abre las puertas a la tranuilidad y al preciado reposo mental. Comienzo entonces a percibir mi entorno con otros ojos. Percibo ahora otras cosas que son, y que me rodean. Ya no se encuentran mis ojos, por momentos, rodeados de tibia e incómoda traspiración, sino de colores. De innumerables y tantas veces indefinibles colores y matices que se manifiestan en vida y materia omnipresentes a lo largo de la calle angosta. Las generalmente pintorescas casas de Florianópolis abundan en tonos de rosa y azul, amarillo, verde. Otras son rojas y varias, celestes. El amarillo predomina sobre las rebocadas paredes mientras el rey de los colores en toda la isla es, sin dudas, el verde. Mejor dicho los verdes, pues no es necesario un gran esfuerzo de atención en la densa vegetación de los morros y que llega hasta los bordes de la calle, para percibir que dicho color no conoce en realidad por estos pagos su forma singular. Los verdes son así el primer placer visual que experimento en el camino que emprendo.
 Pasan otros pocos minutos. El resto de la trilha va dismuniyendo mientras los placeres aumentan, a medida que salgo del pueblo y me adentro en la naturaleza pura, a través de un sendero que me llevará hasta las mismas márgenes del majestuoso Océano Atlántico. Pero hay otros placeres, y no es el auditivo el que se presenta sobre mi marcha con menor intensidad. Aquí y allí pájaros casi tan variados como los tonos verduzcos sobre los que descienden y reposan, comienzan sin previo aviso su canto maravilloso. ¿Quién ha enseñado a cantar a las aves?, me pregunto perplejo, que parecen incapaces de comprender el significado de "desafinar" . Por más que intento,  no recuerdo alguna vez en mi vida haber oído desentonar a un pájaro. Me abstraigo a paso constante  en las inimitables melodías aéreas y noto sin curiosidad ni asombro que comienzan a amalgamarse como de común acuerdo, las distantes voces humanas que se aproximan. Poco a poco discierno su diálogo en crescendo a la vez que los pájaros parecen concertar un impecable diminuendo, tal fuera algún respeto al discurso humano. Serán dos locales, posiblemente, habitantes de la isla tal vez, arriesga mi inexperto oído en respuesta al Português articulado. Éste llega a su climax al pasar estos "otros afortunados" caminantes a mi lado y saludar con tibio gesto.
 Cada vez más cerca, pero ya no sé si quiero llegar pronto. Tal vez si camino más despacio...
 Y eso voy haciendo cuando, ya a pocas centenas de metros de la costa, mi repiración se agita y el calor se vuelve más intenso. Es que tengo que subir un par de perfectas dunas de arena clara para luego descender hasta una pequeña laguna estacional alrededor de cuyas aguas crecen juncos y moran millares de insectos. Yo los oigo e imagino que me felicitan, o quizás, me dan la bienvenida. El camino está recorrido, el sendero terminado y sólo resta un leve declive que desciendo un tanto ansioso hasta que logro "verlo". Inmenso, infinito y poderoso se extiende más allá -lo sé- de lo que mi vista capta. Muchísimo más allá. Si no tuviera ese límite humano, señalo infantilmente, vería África al otro lado.'¡De Brasil a África! ¡Que gran país Brasil que posee tan extensa costa! Mas comparo con el mar, al cual sigo contemplando impresionado, y encuentro que no hay país en el mundo semejante en poder, similar en grandiosidad.
  Lo respeto y lo admiro deleitado, emocionado, mientras me reclino sobre la arena de la desierta playa. Tranquilo, miro al horizonte y escucho el rugir de las olas, espumosas. Recuerdo los treinta y cinco minutos- que ya fueron- y sonrío.

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