Suenan las campanas de la catedral central y despierto de un sueño atroz. Estupefacto, aterrado.
Sobre un rostro desfigurado mis pupilas reciben la luz enceguecedora, violenta, que las cierra instantáneamente hasta dejarlas ínfimas. Pequeñas aureolas negras sobre los iris marrones, mis ojos enfocan con esfuerzo. Luego desenfocan. Veo figuras borrosas y entornos nublados por algunos instantes hasta realmente despertar. De a poco todo vuelve a la normalidad. Sin embargo...el sueño, la pesadilla, ha sido demasiado real. Vívida, tangible. Espantosamente real- pienso- y tengo muecas de preocupación, labios apretados. Yazgo sentado sacudiendo levemente la cabeza. Niego el espanto, tan reciente, tan cercano. Niego el terror. Deseos de permanecer incrédulo brotan dentro de mí intentando chorrear por mis ojos, por mis oídos. Explotan a cántaros de mi pecho, de mi cabeza, hasta salir por completo y dejarme seco, marchito, y así quebrarme en pedazos hasta desaparecer. O desinflarme en pie y así caer, y así ser pisoteado por la realidad que veo ahora. No antes, cuando deliraba agonizante, impotente.
Miro a mis alrededores, tímidamente al princípio, enérgicamente después. Busco otros rostros, rastros que me lleven a comprobar que no he sido el único. Niego. Vuelvo a negar, sacudiendo la cabeza, esta vez más fuerte. Al fin, algún rostro se digna ver en el mío, es el más cercano que marcha sobre un cuerpo relajado. En ese instante las miradas se unen. Yo busco expresarme en mis ojos, llevando mi corazón y mis ideas hasta mis pupilas, esas dos gotas de petróleo sobre las iris de arena. Busco algún tipo de explicación, de señal. No percibo nada, más que indiferencia. No fui conprendido, no fui respondido. Me levanto laboriosamente, el cuerpo dolorido como si hubiese dormido sobre ese banco de la plaza central por días, por años, por siglos. Tenso, inmutable, inactivo.
Muevo las extremidades de a poco. Siento el corazón que retumba. Uno...dos...tres..., sigue retumbando y desprende sangre, succiona sangre. Chorros de sangre, eterna. Camino en alguna dirección buscando gente. Me acerco y la observo. Contemplo otros rostros que se alejan fugaces mientras otros se acercan y luego se alejan también, perdiéndose entre la muchedumbre para no volver a ser reconocidos jamás. Llego a una esquina y giro la cabeza una, dos, tres veces como un péndulo marcando el tiempo que pasa, inevitable, como el gentío que también pasa, que llega y se va.
No sé qué dirección tomar, parecen todas semejantes: gente apurada en dirección al trabajo o a sus casas. O a la parada de ómnibus o al restaurante. Otros más informales, menos rápidos, van al gimnasio o regresan, sonríen. Otros, elegantes, guardan sus anteojos de sol en la solapa del traje y suben a algún lujoso automóvil. Se van. Ya pasaron. No vuelven.
Comienza a oscurecer y permanezco parado, atónito, inmóvil, observando, rememorando. Se juntan las nubes en el cielo y la oscuridad avanza. El flujo humano disminuye. Algunos cierran los locales, otros limpian las calles. La voces se apagan, el día pasó. Las horas pasaron, y los años y los siglos.
Escucho la tormenta que comienza estrepitosa en el cielo negro. Me mojo y por un momento siento que me derrito. Sacudo la cabeza, negando, incrédulo. El agua corre por mis poros y enjuaga mis ideas, mis sentidos, mis sentimientos. Los diluye y mi cuerpo va formando un charco que me chupa, me atrae, me extingue. Miro a mi alrededor, creo que por última vez. Busco algún rostro, alguna ayuda. Veo que algunos aún quedan, inmutables, inmóviles, secos. Son mendigos, sucios y barbudos, hambrientos milenarios. Sufren y mueren. Perecen allí, cerca mío, pero secos. Me miran y sus ojos en los míos permanecen suplicantes. No se van, no me abandonan. Mas yo me disuelvo en lluvia, ya sin sangre.
Suenan las campanas de la catedral central y despierto.
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